05 noviembre, 2007

A mis libros


ODA

Fausto consuelo de mi triste vida,
Donde continuo a sus afanes hallo
Blandos alivios, que la calma tornan
Plácida al alma;

Rico tesoro, deliciosa vena
Do puros manan, cual el almo rayo
Que Febo lanza, esclareciendo el orbe,
Santos avisos;

Donde Minerva providente cela
Sus maravillas, monumento ilustre
Del genio excelso que feliz me anima,
Libros amados

Do de los siglos la fugaz imagen,
Donde, natura, tu opulenta suma,
Del seno humano el laberinto ciego,
Quieto medito.

Nunca dejéis de iluminarme, nunca
En mi cansada soledad de serme
Útil empeño, pasatiempo dulce,
Séquito grato.

Vuestro comercio el animo regala,
Vuestra doctrina el corazón eleva,
Vuestra dulzura célica el oído
Mágica aduerme;

Cual reverdece la sonate lluvia
Al seco prado, y regocija alegre
La árida tierra, que su seno le abre,
Madre fecunda.

Por vos escucho en el aonio cisne
La voz ardiente y cólera de Ayace,
Los trinos dulces que el amor te dicta,
Cándido Teyo.

Por vos admiro de Platón divino
La clara lumbre, y si tu mente alada,
Sublime Newton, al Olimpo vuela,
Raudo te sigo;


En la tribuna el elocuente labio
Del claro Tulio atónito celebro;
Con Dido infausta dolorido lloro
Sobre la hoguera.

Sigo la abeja, que libando flores
Ronda los valles del ameno Tibur,
Y oigo los ecos repetir tus ansias,
Dulce Salicio (*)

Viéndome así del universo mundo
Noble habitante, en delicioso lazo
Con las edades que en el hondo abismo
Son de la nada.

Nunca preciados, do la suerte, ¡Oh libros!,
Lleve mi vida, cesaréis de serme,
Ora me encumbre favorable, y ora
Fiera me abata;

Bien me revuelva en tráfagos civiles,
Bien de los campos a la paz me torne,
Siempre maestros de mi vida, siempre
Fieles amigos.

(*) El dulcísimo poeta Garcilaso

Juan Meléndez Valdés. (1754-1817)

02 noviembre, 2007

El amor al libro

El amor al libro ha despertado siempre pasiones llegando a veces a ser dramáticas o también cómicas vistas desde la distancia de los años.
El helenista Turnebe el día de su boda olvido ir a la iglesia, porque estaba absorto en la lectura de los clásicos.
Guillermo Bude mientras leía a Virgilio contesto a su criada, que horrorizada le anunciaba que la casa estaba ardiendo “Ya te he dicho que las cosas de la casa se las cuentes a la Señora”.
El Abate Goujet murió de pena al verse obligado a vender su biblioteca.
Jules Danin decía “Amigos míos: el que quiera conocer de una sola vez todos los males de esta vida, que venda sus libros”.
El Botánico Gospil murió desesperado al ver su biblioteca sometida al pillaje.
El Señor Jules Claretie, dono su colección de libros románticos a la Biblioteca del Arsenal de Paris, un tiempo después se presento al director de la biblioteca vestido de una manera muy pobre, y le solicito permiso para hojear sus libros, dos días después de esta petición, se quito la vida.
El marques de Chalabre murió de un ataque de desesperación , al no poder adquirir un ejemplar de cierta obra que jamás había existido: Una Biblia que un buen día se había inventado Charles Nodier.
Brunet murió sentado en una silla, rodeado de libros igual que había vivido.
Mommsen, agotado y somnoliento, prendió fuego a sus cabellos en la bujía con que se alumbraba mientras trabajaba en su biblioteca, y murió pocos meses después a consecuencia de las quemaduras sufridas.