31 marzo, 2009

Maldición bibliófila....


Gilbert de Pixérécourt, ojeando un catalogo tropieza con un de los libros mas perseguidos por él, encuadernado por Dérome. Ya no pudo conciliar el sueño. Le atormentaba la idea de que el volumen formaría parte de su colección a toda costa. Abandona la cama de madrugada, consulta las obras de bibliografía, quiere descubrir el mérito, el valor y la rareza del libro deseado con avidez. Aguarda impaciente la hora de la exposición en la Sala Silvestre: corre allá; coge el libro que ya consideraba suyo; lo mira y remira; repasa las hojas; se embelesa; se ensimisma; no ve ni oye lo que pasa en torno suyo. ¡Está en el paraíso de la bibliomanía! Una voz le vuelve a la realidad: “¿Que mira usted? ¿Quiere prestarme un momento ese libro?” Pixérécourt malhumorado: “No: ya le verá usted en mi biblioteca.” Al anochecer el librero Silvestre dirige la subasta. Pixérécourt, oculto en un rincón, indiferente a las adjudicaciones, solo piensa en el libro codiciado, al cual, mezclado entre los demás, Pixérécourt tiene los ojos clavados. Aleccionado por el Manual de Brunet, pensaba adquirirlo por un precio módico. Apenas el subastador tuvo el libro en la mano, ya se había sobrepasado la tasa fijada por Brunet. Pixérécourt observa, indignado, que le ha salido un rival. Su competidor puja la cifra una y otra vez. Por fin; Pixérécourt calla: no quiere ser victima de locuras; puede desafiar la competencia. Se cruza de brazos. Después de la adjudicación, Pixérécourt se acerca al subastador y le pregunta “¿Quien es el loco que ha pagado por ese libro, diez veces mas de lo que vale?” Un compañero de la Sociedad de Bibliófilos se apresura a contestar: “Yo. Si solo hubiese usted pujado un franco mas, el libro seria suyo”. Pixérécourt con desprecio: “Guárdele usted. Ese libro será mío. Después de que usted haya fallecido, lo compraré a bajo precio.”
En efecto, el bibliófilo murió a poco de la maldición de Pixérécourt.

Palau y Dulcet, Antonio
Memorias de un librero catalán : 1867-1935
Barcelona : Catalonia, 1935

30 marzo, 2009

Vicente Mariner de Alagón


Se le podría llamar el Lope de Vega de la erudición clásica, por su asombrosa fecundidad.
Nació en Valencia a fines del siglo XVI, estudió en su Universidad donde se distinguió extraordinariamente. Escribió la mayor parte de sus obras en latín o griego. “Se dice que llegaba a componer trescientos versos en latín de un tirón, sin el mayor esfuerzo", y es no solo creíble, sino muy probable, pues solo así se explica que escribiera mas de trescientos cincuenta mil versos y ochocientos epigramas.
Su fama le granjeo la envidia de la mayor parte de los ingenios de su tiempo, tuvo amistad con Quevedo, y con Lope, que le ensalza así en el Laurel de Apolo (Silva VII, ed. Bib. Aut. Esp. Tomo XXXVIII, Pág. 214) en agradecimiento de las muchas veces que el gran humanista valenciano celebró sus obras o atacó a sus enemigos.

...”dorado Manzanares,
Del Tajo enojo, emulación de Henares:
Llame las ninfas de tu sacro coro,
Y de Vicente Mariner laurea
La sacra frente, pues a honrarle vino
Con el verso dulcísimo latino,

Y en la Filomena (fol. 157) dice también, aludiendo a la falta de recompensa que siempre padeció:

“Aquí el insigne Mariner versado
En cuanto supo ya la escuela griega
Premiado en griego, porque no permitido”

Pese a todo, solamente consiguió ser tesorero de la Colegiata de Ampurias (Gerona) y luego Jefe de la Biblioteca del Escorial, donde teniendo tantos materiales para sus estudios, realizó muchas de sus obras y escribió tanto, según propia confesión, que ocupaban sus notas mas de trescientas setenta manos de papel a pesar de que su letra era “muy menuda y apretada”.
[Se calcula que tradujo unas 140.000 páginas desde su puesto como bibliotecario de El Escorial, entre ellas la Poética y la Retórica de Aristóteles]
Murió en Madrid en 1636, enterrado en el Convento de los Trinitarios Descalzos, aquí quedaron sus manuscritos, porque no pudo publicar a falta de recursos. Hoy hay parte de ellos en la Biblioteca Nacional.

Joaquín de Entrambasaguas y Peña
Una guerra literaria del siglo de oro: Lope de Vega y los preceptistas aristotélicos.
Madrid, Tipografía de Archivos, 1932

Uno de los traductores más importantes y arrumbados al mismo tiempo es el valenciano Vicente Mariner de Alagón, quien tradujo obras griegas al latín y al castellano, obras latinas al castellano y obras castellanas y la poesía de Ausiàs March al latín. Mariner nació en el último tercio del siglo XVI y murió antes de mediados del XVII. Sin embargo, ninguna de sus traducciones fue impresa, Pellicer y Saforcada no lo incluye en su Ensayo de una bibliotheca de traductores españoles y su interés por traducir “cualquier cosa romance” al castellano le llevó a ser el primer “traductor inverso” de la literatura española tras convertir las doscientas veintiocho octavas de la Fábula de Faetón (del conde de Villamediana) en hexámetros latinos.